lunes, 9 de octubre de 2023

Postapocalíptico y desintegrado; la vida es una tom-tom-tómbola.


 


Estamos dos minutos antes de las 27 horas, pasado el mediodía, en el Cruce Peatonal  N 4, "Honorable Jhonny Walker", y a cada lado de los muros retráctiles de contención las multitudes se apretujean esperando el pitazo que dará inicio a la bajada del muro y al tiempo de cruce, de unos 38 segundos aproximadamente, al final del cual otro pitazo más grave indicará que los muros comienzan a levantarse nuevamente; dentro de los muros de contención circulan automóviles, buses y camiones a velocidad estúpidamente alta; sobre una esquina vemos a un señor muy elegante que no intentará cruzar sino que ha venido a vender pelotas de golf, y las ofrece y las vocea entre el tumulto. La muchedumbre se abre apenas un momento y vemos que llega el insigne caballero Sir Archibaldo Reynolds, que se acerca al hombre de las pelotas:

_Eh, usted, el de las pelotas en las manos, por qué ha venido justamente aquí a vender su producto?

_Hola, Sir Archibaldo, es un honor conocerle... En cuanto a su pregunta, ya ve: es un mercado cautivo.

Efectivamente vemos como muchas  de las personas que allí esperan se compran pelotas de golf y las guardan en sus bolsillos.

_Pero- insiste Sir Archibaldo- no le iría mejor teniendo un local de venta específico...? Algo así como "La casa de las pelotas".

_Es que yo no me dedico a esto: me salió en la Tómbola. A veces juego, bueno casi siempre, siempre. Pero uno nunca piensa que va a ganar, uno siempre cree que le va a pasar a otro. Pero esta vez el otro era yo.

_Ganó dinero?

_Qué va! Hace años que se vio que largar dinero a la calle era inflacionario, y entonces cambiaron todos los premios por su valor equivalente en productos de los patrocinadores.

_Y usted ganó muchísimo dinero en pelotas de golf?

_Así es, y si no las acabo de vender pronto, me acusarán de especulador por tener una propiedad y no usarla ni venderla ni alquilarla. Me quitarían todo.

_Pero usted podría usar las pelotas de golf, digamos, jugando al golf.

_Pero es muy aburrido.

_Entiendo.

El hombre sigue vendiendo pelotas de golf, Sir Archibaldo observa. De repente el tránsito se detiene, se oye el primer pitazo y los muros se hunden en el suelo a gran velocidad, tanto así que los que estaban apretados contra ellos resultan heridos y mutilados, muchos caen hacia adelante al desaparecer el contenedor que los limitaba; hay carreras, gritos, lamentos, despedidas apresuradas. Es casi seguro que algunos lograron cruzar, pero es más seguro aún que muchos no. Luego, el segundo pitazo y los muros que resurgen en su sito exacto con una velocidad y una potencia que destroza a varios de los caídos y lanza volando varios metros a los otros. Casi de inmediato se reanuda el tránsito y en pocos segundos en la calle no queda ni rastros, y si quedan no son visibles entre los bólidos que borronean el pavimento...

_Vuelven a bajar en unas horas, ahora mengua un poco el caudal de gente hasta que falte poco. A veces no lo abren nada, a veces lo dejan abierto mucho más tiempo del acostumbrado; es uno de los 19 cruces peatonales instalados en toda la ciudad, y por suerte hoy ya casi nadie necesita ir a trabajar o a comprar cosas muy lejos porque todo está cerca, a pocas cuadras. Los que quieran cruzar de una zona a otra deben enfrentar esto; no sé para qué, la verdad, si todas las zonas son prácticamente iguales, pero bueno, la gente es un misterio.

_Cuánto hace que viene a vender las pelotas de golf?

_Van dos semanas y me queda por lo menos una semana más, para comer cambio pelotas de golf por empanadas de hormiga, que hay uno que viene dos veces al día a venderme; para ir al baño no me pregunte. Estoy desenado poder acabar con esto y volver a mi apacible vida, y juro nunca volver a jugar a la Tómbola; o bueno, por un tiempo. Un mes, o un par de semanas.

_Tengo una idea.

Sir Archibaldo compra una pelota de golf, luego apunta sobre el muro y la lanza casi en paralelo a este, en dirección al tránsito. El estrépito y el frenazo fueron recibidos con gritos de júbilo por parte de los peatones que esperaban la próxima bajada de muros. Sir Archibaldo lanzó otra pelota sobre el muro, ahora de forma perpendicular; un nuevo sonido de vidrios rotos y un acordeón de metal cerrándose por única vez, y luego una pequeña explosión.

Luego, en menos de media hora, se vendieron todas las pelotas que quedaban.