(Estamos en la Plaza Amigable 27 de Otoño, es de noche y la escena es dominada por una gran fuente central, apagada o rota, llena de niños, niñas y animales de granja que medio duermen donde pueden; el espacio circundante está abarrotado de personas en situación más o menos de indigencia: algunos son adolescentes pernoctando fuera de casa, otros son comerciantes callejeros de productos inútiles o insignificantes, apenas distinguibles de los que directamente mendigan o rebuscan entre la basura de los contenedores y el suelo; hay también alguna que otra escena de intercambio sexual remunerado, en los espacios apartados y oficialmente reservados a tales fines; si miramos hacia los lados podemos alcanzar a ver los bordes de la Plaza Amigable, donde las personas que circulan fuera suelen depositar sus limosnas, donaciones de ropa, ofrendas o basura comestible, animales de cría o de compañía, cada cosa en su Receptáculo Solidario correspondiente predeterminado. Algunos dirían que estos Receptáculos Solidarios, enormes y metálicos y rematados con alambres de púas, forman un verdadero muro de contención alrededor de la Plaza Amigable, como si se tratase de alguna especie de recinto de encierro similar a las antiguas cárceles, ya obsoletas. Ejecutando un triple salto mortal por sobre el muro, digo, por sobre los Receptáculos Solidarios, aparece y aterriza en un pie el insigne caballero Sir Archibaldo Reynolds. Mira a su alrededor y sacude con vigor a uno que duerme en el suelo con la espalda apoyada en el Receptáculo Solidario verde, el destinado a recibir animales pequeños, bebés y envases de vidrio.)
-Eh, usted, no se haga el dormido, yo sé que me estaba esperando.
-¿Lo qué? Yo no...
-No importa, ya llegué y usted me va a mostrar y explicar todo lo que yo quiera.
-¿Y después sigo durmiendo, ta?
-Por ahora diré que sí. Venga conmi... Vaya, es difícil caminar entre tanta gente acostada en el suelo, apenas conseguimos avanzar.
-Por eso caminamos poco acá dentro.
-Me imagino.
-Lo que no se imagina es que yo sé quién es usted, Sir Archibaldo, y soy un gran seguidor de sus aventuras.
-Ya veo. Entonces sabe lo que hago, lo que busco. Y ya que lo sabe, cuénteme, porque yo no estoy seguro de saberlo.
-Más o menos creo que podría explicarlo, no estoy seguro de lo que busca, pero sé lo que está generando.
-Explíquese.
-Usted, Sir Archibaldo, actúa como si sólo estuviese de paseo por el mundo nuevo este que tenemos desde hace años, y entiendo que de cierta manera lo está, todos estamos de paseo en el mundo; pero usted finge que no le importa nada, y al mismo tiempo se mete en todo; de todo pregunta, de todo saca información, y lo hace de forma aparentemente aleatoria, o tal vez sea aleatoria en realidad, pero yo sé que tiene un objetivo. Y ahora usted va a querer saber cuál es el objetivo que yo creo que usted persigue.
- Bueno, pero primero dígame cómo... cómo fue que se enteró de mi existencia, estando usted aquí dentro? ¿Acaso es un recién llegado?
-No, no, qué va, si llevo aquí como nueve o diez años ya. Lo que pasa es que aquí recibimos amigablemente todo lo que desde fuera amigablemente nos manden, y de todo obtenemos algún beneficio o derivado, de alguna manera reeditamos aquí dentro muchos de los procesos que existen allá afuera. Suponga que alguien arroja a la basura una revista, una hoja de periódico, un celular que se pueda reparar y enganchar a alguna red que logremos vulnerar con nuestros rudimentarios recursos; por uno u otro camino acaban llegando aquí los amigables desperdicios de todo, incluso de las noticias y de los sucesos; las noticias más espantosas o más ridículas, las fantasiosas notas amarillistas, las diatribas políticas y tribales, algunas publicidades, cuadernos y agendas de años pasados, las versiones abandonadas y lanzadas a la basura de gran cantidad de libros, guiones o textos académicos, las noticias censuradas, las estadísticas que no se publican. Su vida y sus andanzas, insigne caballero, son parte de esas historias marginales y noticias desechadas que llegan hasta nosotros. Y toda información circula aquí dentro; solemos estar quietos, como le dije anteriormente, pero nos contamos cosas continuamente durante las horas de luz: la información nueva llega desde los bordes y la hacemos circular hacia el centro; en el recorrido algunas cosas se modifican o se censuran, porque más al centro están los más jóvenes y los más impresionables; a veces llegan por distintos habitantes versiones diferentes de la misma idea o hecho, y uno tiene que recordar ambas y contar ambas a quienes aún no las sepan. Todos los que estamos aquí dentro hemos compartido tanta información que sería casi correcto decir que todos sabemos lo mismo, pensamos lo mismo, pero lo cierto es que la memoria de cada uno va haciendo una diferencia a lo largo del tiempo; hay algunos que se han especializado en determinados temas o en determinado método, que suelen ser consultados por otros cuando tienen alguna duda o inconveniente al procesar información nueva proveniente de fuera. Los habitantes amigables de aquí dentro somos como un gran cerebro, procesamos la información de desecho de ustedes, los de fuera, recordamos y pensamos por ustedes sobre los temas que ustedes desprecian o temen. El rumor continuo de nuestros intercambios de información durante el día es similar a la actividad neuronal, tejemos redes, asignamos funciones, asumimos roles, procesamos información. Por las noches, algunos hablan dormidos, y entonces la Plaza Amigable sueña. Le regalo esa imagen entre poética y onírica. Y ahora supongo que ya se va.
-¿Por qué supone eso?
-Porque ya le expliqué lo que usted quería saber; no vino a preguntar por la basura o por los animales, vino a saber sobre la forma en que vivimos aquí, vino a entenderme a mí, a un habitante, y al explicarle cómo soy, cómo somos, ya está satisfecha su necesidad.
-Pero aún no me ha dicho cuál cree usted que es mi objetivo, qué piensan ustedes, Habitantes Amigables de la Plaza Amigable 27 de Otoño, sobre lo que hago.
-Ah, eso. Bueno, nosotros creemos, o yo creo, que su objetivo es recabar información suficiente como para saber dónde es posible asestar un golpe certero que arregle el mundo sin consecuencias negativas, como si el mundo fuese una de esas viejas televisiones que se acomodaban con un sopapo pero había que saber dónde y cómo dar el sopapo; a veces quiero que lo logre, que arregle el mundo, a veces quiero que no; la mayor parte del tiempo pienso que es imposible, y muchas veces tengo otras cosas mejores en qué pensar.
-Su vida, la forma en que la describe, es fascinante, maravillosa y horrible al mismo tiempo; pero a decir verdad... creí que ustedes estarían de mi lado, que intentarían apoyarme cuando llegue el momento de hacer un cambio.
-No me venga con bobadas. Su accionar no nos salvaría de nada, no nos daría nada más que escombros y restos, como siempre, ni nos sacaría de aquí.
-¿Incluso si ya no hubiese un aquí? ¿Si ya no hubiese Plazas Amigables viviendo del desperdicio de los otros?
-Siempre habrá, o al menos hasta que el mundo entero sea una Plaza Amigable viviendo del desperdicio de un mundo anterior, que no sería salvarnos a nosotros sino condenarlos a todos. Ahora, antes de irte, dame tus zapatos.
(El insigne caballero Sir Archibaldo Reynolds se va, escalando uno de los muros y saltando por encima, descalzo. El Amigable Habitante se vuelve a acostar en el suelo allí mismo, usa los zapatos como almohada y se duerme. De a ratos habla dormido, menciona el nombre de Sir Archibaldo, y entonces toda la plaza sueña.)

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