(Oficina del gerente general de la Sección Anomalías del Monte Suicidio. El gerente general se encuentra aburrido en su alto asiento, mirando el vacío. Por una puerta lateral se escuchan los pasos regulares y veloces de un guardia, que viene escoltando a un tipo desconocido de aspecto estrafalario, quien luego conoceremos como el insigne caballero Sir Archibaldo; habla el guardia)
_Se presenta ante Su Excelentísima excelencia excelente el caso anómalo N° 0000000000001, que presenta las siguientes características especiales:
Hoy mismo, a las 9:00 AM, el acusado Sir Archibaldo Reynolds se presentó en la Escalera Sur de nuestras instalaciones, formó la fila como corresponde y, a su debido turno, comenzó a subir; en cada Estación de Paso fue contestando las preguntas de forma satisfactoria, en cada prueba dio con la salida de forma justa y adecuada, fue incluso uno de los más rápidos en llegar a la cima del Monte Suicidio, lo que ocurrió a las 5:56 PM de esta tarde; una vez en la cima, el acusado se negó a proceder a suicidarse, a pesar de haberse ya ganado ese derecho; adujo haber cambiado de opinión, lo que es sumamente anómalo en estos casos; hemos procedido de inmediato a traerlo ante Su Excelentísima excelen…
_ Cállese… (lo interrumpe el gerente general, displicente, con distante mala educación)
_ Sí, Su Excelencia, disculpe, Su Excelencia, ya me callo, Su Exce…
_ Que hable el acusado; a ver, explíquese Sir…(revisa los papeles que le alcanza el guardia) Archibaldo, ¿por qué cambió de opinión con respecto al suicidio y justo en el momento último?
_ Gracias, Excelencia, por pedirme que le explique, por escucharme, no como este guardia que en vez de dejarme hablar me trajo a los empujones hasta acá...
_ No lo agradezca, es mi trabajo; el trabajo del guardia era traerlo, y lo trajo; yo soy el encargado de que todo funcione con normalidad aquí en el Monte Suicidio, y de estudiar las anomalías cuando ocurren, que es nunca, o era nunca hasta ahora; usted es la primera ocupación real que he tenido en todos mis años al frente de este lugar. Acá todo es siempre funcional, normal, eficiente: la gente llega, cumple los requisitos, atraviesa y supera las diferentes estaciones de paso; algunos escriben una carta o dejan un objeto, llegan a la cima del Monte Suicidio y desde allí se lanzan a una muerte segura. Los camiones juntan y limpian todo cada noche. El propio sistema de estaciones de paso se encarga de asegurar que nadie llegue a la cima si no está cien por ciento seguro de suicidarse, por lo que hasta ahora nunca nadie se había arrepentido en ese punto; lo usual es que por día haya entre cinco y ocho personas que se arrepienten, mayormente son hombres jóvenes que se querían matar por amor o desamor, y luego de desahogarse un poco en las primeras dos o tres estaciones de paso, cambian de idea y se van de vuelta a sus casas, sintiéndose mejor; una verdadera terapia intensiva, si me permite la expresión; pero nadie había llegado hasta la cima del monte para arrepentirse allí. ¿Qué hay de especial en usted? ¿Por qué cambió de opinión en ese momento? ¿Por qué repentinamente ya no quiso suicidarse, Sir Archibaldo?
_ No sé.
_ ¿Cómo dice?
_ Que no sé. No sé por qué me arrepentí.
_ Entiendo. Se asustó, tal vez…
_ De ninguna manera; no permitiré que se sospeche esa posibilidad; le recuerdo además que una de las primeras estaciones de paso es la del miedo, justamente, y allí se aseguraron de corroborar que yo no tengo ningún tipo de miedo a la muerte pues puedo considerarla desde un punto de vista puramente lógico y materialista: uno se muere y ya no ocurre más nada, es el final de todo, no hay a qué tenerle miedo, ni hay ya un sujeto que pueda sentirlo.
_ Entiendo, Señor Archibaldo, y ha de ser entonces usted una de esas personas temerarias que ante nada se amedrentan.
_ Por el contrario, Su Excelencia, muchísimas cosas me atemorizan, pero todas ellas están en la vida, no después de la muerte. Ya ve que mi falta de miedo a la muerte no es por valentía sino por pura lógica.
_ Vaya, es usted muy inteligente, lo felicito; ¿no quiere fumar conmigo? Venga, siéntese.
(Sir Archibaldo toma asiento en una especie de butaca u otomana, y observa al Gerente general ensamblar un enorme narguile, del cual comienzan a fumar lanzando bocanadas de humo voluptuoso que se elevan hacia el techo, donde un lento ventilador las va segando a intervalos regulares. Pasan un rato en silencio. El guardia ya no está. El gerente general repentinamente mira a Sir Archibaldo, y le habla)
_ A lo mejor si me cuenta desde el principio, cuándo tomó la decisión de venir a suicidarse, pueda yo entender por qué se arrepintió luego. Tengo que tratar de entender. Trate de explicarme, por favor, si es tan amable.
_ ¿No puedo irme? Sería tal vez lo mejor.
_ Por supuesto que puede irse, claro, en cuanto quiera hacerlo; por eso lo he drogado con el narguile, para que quiera quedarse.
_ Vaya, es usted muy inteligente, lo felicito. Déme un poco más. Le contaré. Ayer a la noche me encontré un poco indispuesto y cené apenas, por lo que casi todos los alimentos destinados a mi ingesta nocturna fueron a parar a un recipiente plástico en la heladera, o refrigerador, donde se quedaron y yo los encontré hoy a la mañana. Cuando los vi allí, me dije que hoy no tendría que cocinar al mediodía para almorzar, y que por lo tanto no tendría que ir al almacén esta mañana, y que por lo tanto no tenía prisa alguna en desayunar o vestirme o siquiera lavarme la cama. No tenía nada qué hacer, y casi enseguida se me ocurrió: podría ir y suicidarme, y entonces me vine para acá, no vivo muy lejos. A esa hora no había mucha gente, lo que yo ya sospechaba porque a menudo paso enfrente y veo el movimiento de gente; creo que eso influyó en mi decisión, sabe? pensé que bueno, no iba a tener que hacer mucha fila ni esperar, y eso es siempre placentero. Después de esperar unos cinco minutos en la fila pude entrar; la primera estación de paso fue más bien protocolar, alguien me pidió mis datos y me preguntó si sabía cuál era el objetivo de la institución, contesté que venía a suicidarme y me dejaron pasar. En la segunda y tercera estación de paso me preguntaron por mis motivaciones, mis miedos y mis esperanzas; les dije que el motivo era que no quería vivir en un mundo donde el almuerzo ya estaba listo desde el día antes, que no tengo miedo a la muerte porque es el cese definitivo de toda sensación y conciencia, y por ende nada malo puede haber allí, y que mi esperanza era llegar a la cima, saltar y morir. Pasé sin problemas; en la cuarta estación se me preguntó sobre mi legado en el mundo, si estaba satisfecho con lo que dejaba tras de mí y contesté que tal cosa es una ilusoria estrategia del ego narcisista. En la quinta estación me hicieron comer manjares y beber licores finos y embriagantes, para ver si la satisfacción de los sentidos lograba despertar en mí las ganas de seguir viviendo, pero no; en otras estaciones se me ofrecieron mujeres sensuales, sumas enormes de dinero y lugares de alto estatus social, para ver si alguna de esas variables torcía mi voluntad; permanecí férreo e impertérrito…
_ ¿Férreo e impertérrito…? ¿Es usted escritor, acaso?
_ Lo fui. También se me preguntó sobre mis trabajos y ocupaciones, mi rutina diaria, mi estado de salud y situación financiera. En la última estación se me dijeron palabras hermosas, poemas e historias; allí me quedé escuchando por horas, escuchar todo ello era preferible a suicidarme, por el momento, pero al final empecé a notar repeticiones, artificios, intenciones demasiado explícitas de agradar a mi oído, y me harté. Entonces salí de esa estación y escalé hasta la cima. Iba a saltar, sin problema, pero por un segundo se me cruzó la idea de no hacerlo, no sé por qué, y entonces decidí que debía contemplar bien esa idea antes de tomar una vía de acción irreversible.
_ ¿Contemplar la idea de vivir, de seguir viviendo?
_ Exacto; ahora que lo pienso su institución, a la que respeto enormemente y voy a recomendar a todos mis amigos y allegados profesionales, es sumamente eficaz en revisar y analizar los motivos de una persona para suicidarse, pero yo quería antes de saltar sopesar también los motivos para vivir.
_ Entiendo, al fin entiendo un poco ¿Cuánto tiempo supone que tardará en revisar esos motivos?
_ No puedo saberlo, tal vez años, toda una vida a lo mejor.
(El gerente general anota un par de cosas al pie de los papeles; después mira a Sir Archibaldo y le habla)
_ Ya puede irse, por mi parte queda claro que usted ha perdido el derecho al suicidio de momento; si alguna vez decide usar nuestras instalaciones nuevamente deberá volver a pasar por todo el proceso, y espero podamos en ese momento atenderlo tan bien como usted merece.
_ Muy agradecido por sus mercedes; entiendo que es lo lógico que se revoque mi derecho al suicidio.
Sir Archibaldo sale por una puerta lateral y se encuentra en plena calle. Mira la hora. Con suerte llega a su casa a tiempo de cenar lo que quedó de anoche. La nochecita es agradable. Prende un cigarrillo y se encamina chiflando a su casa.

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